Antes: qué estás intentando resolver
La gente compra colorímetros por dos motivos muy distintos:
medir color en superficies/pantallas o medir concentración en líquidos.
Si mezclas esos dos mundos, te equivocas de equipo.
Si tu objetivo es monitor/superficie, estás en “colorímetro de color”.
Si tu objetivo es agua/lab, estás en “colorímetro fotométrico”.
Punto.
Principales usos del colorímetro
1) Calibración de monitores
Fotografía, diseño y vídeo requieren consistencia. El colorímetro permite ajustar brillo, gamma
y punto blanco con un método repetible.
2) Análisis de agua y laboratorio
Aquí el colorímetro no “mide color por estética”: convierte una reacción (color) en un valor (concentración).
La disciplina del procedimiento es parte del resultado.
3) Control de calidad industrial
El objetivo es reducir subjetividad: comparar lotes, verificar tolerancias y tomar decisiones consistentes.
El equipo ayuda, pero el método manda.
4) Fotografía y diseño
Gestión del color coherente entre dispositivos y entregables. Aquí es donde muchos “se creen que calibran”
pero no controlan el entorno ni el flujo.
Cuándo NO tiene sentido usar un colorímetro
Hay compras que “suenan bien” pero no aportan retorno real.
Si te reconoces en esto, no compres (todavía):
- Solo quieres “verlo bonito” sin estándar ni objetivo.
- No vas a repetir la medición en el tiempo (sin rutina, no hay control).
- No te importa la consistencia entre pantallas, impresiones o lotes.
- Buscas resolver un problema de luz/entorno con un aparato (no funciona así).
Siguiente paso (decide bien)
Si ya tienes claro el uso, ahora sí: eliges equipo.
No por marca, no por hype: por encaje con tu caso real.